viernes, noviembre 24, 2006

Al carajo

Tengo que estudiar. La mañana se ha levantado triste. Acaba de pasar el chico gay con sus dos galgos. Son esqueléticos, y les gusta resoplar a las dos de la mañana bajo mi ventana. Pero una se acostumbra a todo. Este fin de semana creo que va a ser de los que preferiré no recordar. Quizás me quede en casa, metida en la cama, oculta bajo mi nube de cuadros y topos rojos. Con la cabeza enzarzada en la almohada, viendo películas en blanco y negro. Vaya, dirán algunos, ese comportamiento depresivo no es nada típico de tí. Y qué. A veces eso de no enfrentarse al mundo me funciona. Cuando me reincoporo suelo estar tan desorientada que me olvido de preocuparme. Mañana después del examen, discutiré unas horas sobre cómo se debe hacer el corto que hay que presentar en febrero, y acabaré dejando que decidan ellos. Para qué pelear, si la placidez de las decisiones ajenas me aletarga. Luego me iré hasta Carabanchel, y me aposentaré en el sofá de mis amigas, mando a distancia en la mano, manta y cacao; calentamiento previo del retorno a casa.
No hay ganas de volver. O las hay a medias. Creo que éstas van a ser unas Navidades más bien confusas. Con broncas y caras taciturnas. Y aunque yo no tenga la culpa, me sentiré culpable. Maldito complejo de culpabilidad el mío.
Luego, si no hay ningún plan mejor, volveré a casa. Volviendo a darle vueltas al asunto. No al de siempre, porque ese ya está más que acabado, y ni siquiera me molesta ya. Sino al otro. Al que me hace tener ganas de preguntarte si ocurre algo realmente, o soy yo que está paranoica. Que probablemente sea lo primero, al menos más que lo segundo, o viceversa ( se lo tomo prestado, Sr. Benedetti). Pero luego me quedo muda. Y supongo que es porque no tengo derecho a preguntar nada.
Será porque no me gustan los finales con puntos suspensivos. Me van más los finales rotundos. Son más fáciles de encajar. Sean de la clase que sean. Dése usted por aludido. Al menos una vez más.

Y tengo que estudiar.