lunes, enero 08, 2007

Viene a cuento


Quedaban unos minutos para que el edificio se derrumbase y yo tenía la certeza de que con una última chispa nada cambiaría. Ni siquiera mi visión de las cosas. Nada. Me apoyé cansado sobre la rendija. No me quedaban ganas de recorrer la girola, de contemplar el ajuar del santo. Para qué tenerlo tan cerca y no poder tocarlo.
Sin duda, mi trabajo no estaba pensado para desaparecer en el tiempo. Aprendemos de corazón que todo ser humano tiene el deber de levantarse cada mañana con un objetivo marcado, para que cuando este muera al menos haya algo de sí mismo que permanezca perenne. Algo que todos puedan ver a la intemperie, tan virgen que no sea posible desgastarlo.
Cada vez que una piedra se levantaba en aquel terreno baldío, notaba que mi proyecto se inflaba de orgullo y humildad, como quien sabe estar siguiendo la dirección adecuada por lo que al final su recompensa no se le resiste, tan cautivada la tiene. Que no hubiera un solo pilar que se tambalease en una obra de tales dimensiones lo considero un gran mérito, teniendo en cuenta que no hubo bocetos anteriores o pruebas a las que dedicar parte de mi energía. Llegaron así los arcos apuntados y tras ellos las bóvedas de crucería, siendo capaces todos de embarcarnos en una travesía de goce y sacrificio, pues bien sabido es que las catedrales como esta no se elaboran fácilmente.
Me sentía un completo artesano, mimando hasta la más mínima clave o ayudando a incrustar vidrios en el modelo de tracería. Por las tardes compañeros míos se empeñaban en que me recuperase del esfuerzo, pero yo me negaba. Quería controlarlo todo y, más aún, disfrutar a solas de esta maravilla, en el instante en que los rayos del ocaso revestían el interior, haciendo que el empedrado se volviera cielo, y el cristal, espejo. Y es que el arte tiene un secreto oculto para dar culto a la belleza: desde dentro la valoras más, una vez que participas en ella.
El amor que la profeso es mucho mayor que todo lo que pudiera creerse. El mismo Dios se enfadaría si viese a una criatura suya acaparar muchos más sentimientos que los que hacia él vierten, pero así es. Nunca imaginé que mi fe se viera sustituida por una pasión tan pueril e incauta. Ahora duele saber en qué fallé. ¿Por qué? Me lo seguía preguntando segundos antes de que esto cayese al vacío y sólo faltase reconstruirlo con lágrimas, pues parece que la roca es quebrantable y la amargura, infinita. Veía ese eslabón en forma de arbotante, que sujeta y mantiene en alto naves y torres, pináculos y orfebrería. Me había tenido que salir fuera para no perderme ni un detalle del castigo: a la poca dignidad que me queda la respeto y esta me dice que de enfrentarse a los sueños mal avenidos, mejor de frente.
Tantas horas contemplándola y no supe guardar su equilibrio. Me dejé engañar por la falsa belleza y no tuve la astucia de fijarme en su estructura básica. Un contrafuerte mal ajustado y de pronto todo se esfuma. Resulta que algo que pertenecía a la parte externa del monumento afecta ahora a su espina dorsal. Si lo sabía, ¿cómo no hice nada a cambio? Sí, podría soltar la rendija y correr a sujetar los muros, con la esperanza de que a esa planta de cruz latina no le cortasen los brazos para convertirla en una tumba de escombros. De nada serviría. Preferiría que la ceniza fuera siempre ajena, que no me viesen agacharme para recogerla; que cuando fuera viejo, el enigma de la belleza continuase siendo enigma. Eso, y solo eso, desearía.
Cariño, aquí dentro guardo tu tacto. No es complicado, tampoco simple: digamos que hay una parte que no olvido, aunque como persona mienta cuando por ti me pregunten.