sábado, febrero 10, 2007

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Tenía a una pareja delante mío en la caja. De esas que no paran de mirarse a los ojos como si supiesen que el mundo va a explotar en cuestión de segundos y no tuvieran tiempo de decirse lo mucho que se quieren el uno al otro. Repulsivos.
Pero tiempo les ha sobrado para fijarse en mi helado, en su nombre, y girarse para observar a la despechada de turno con sonrisilla condescendiente en los rostros almibarados. Poooobre infeliz que no se come un rosco y recurre al chocolate para matar las penas.
Los he fulminado antes de que volviesen a su postura oh-dios-mio-cuanto-te-amo original.
Gilipollas. Mal andaríamos si los helados de chocolate existiesen sólo para el uso exclusivo de las despechadas. Aunque la tarrinilla se las trae.