sábado, febrero 03, 2007

Crisis? What crisis?

La última vez que le abriste la puerta tenías 13 años. Si tenías suerte, quizás no te pillara en pijama. Aunque realmente, no había mucha diferencia, porque entre los granos, el pecho en pleno desarrollo, el peto verde de 012 for Benneton, los náuticos, las gafotas y la coleta baja... como que tampoco iba a mirar mucho. Sobre todo si el que debía mirarte tenía cinco años más que tú, y era el mejor amigo de tu hermano. A lo mejor, y haciendo un esfuerzo, te sonreía, antes de desaparecer en la habitación prohibida. Oscura y llena de posters desagradables. Se cerraba entonces, y tú te quedabas, sujetando la puerta con fuerza, para no caerte de la impresión, intentando que tu ritmo cardíaco recuperara la normalidad, titubeando cuatro palabras de saludo coherentes, y sabiendo que se te habían subido todos los colores a la cara. Vaya puta mierda eso de la adolescencia. Bastante tienes con lidiar batallas con tus propias hormonas, como para andar preocupándote de demostrarle al tío bueno de turno que ya no eres una cría. Y el grupo de hevy-metal de turno haciendo que retumben todas las paredes.

Volvías consumida por el fracaso a encerrarte en tu habitación. Y escribías en tu diario cosas como: he vuelto a dejar escapar esta oportunidad de conquistarle. No merezco vivir.

Hasta que llega el día en que creces un poco más. Y tus curvas empiezan a cobrar forma. Y aunque a los amigos de tu hermano sigas sin interesarles, hay otros que empiezan a tratarte de una manera diferente. Y como todo cambio gusta, decides pasar del tema y centrarte en lo que toca, ya casi por inercia. Y aunque sigues abriéndole la puerta al tío bueno, y él sigue sonriéndote, cosa lógica porque vives bajo el mismo techo que el crápula de su amigo, ya no le das tanta importancia, tan enfrascada andas en tus tonterías provocadas por tu recién estrenada pubertad.

Te centras. Y acabas creciendo del todo. Te largas de casa. Sigues, como quién dice, tu propio camino e instinto. Del amigo... sólo recibes noticias lejanas. Que si se ha ido a trabajar a Barcelona. Que si se lo encontró el otro día tu madre por la calle y está igual de guapo. Con las mismas tonterías de siempre, se ve. Y tu pensando, pues como todos.

Conoces, besas, te desnudas.

Acabas olvidándolo, casi por completo. Porque tíos como él, el mundo está lleno. Y además, qué tontería ¿no? ni siquiera le conoces.

Vuelves a lo de siempre unas navidades.

Le abres la puerta. Le plantas un par de besos y un cuánto tiempo. Te pregunta que qué tal, que cómo es posible que hayas crecido tanto. Y tú, pues cosas que ocurren. Tú también estás muy guapo. Mi hermano queda allí. Todo recto y a la derecha. Aunque eso tú ya lo sabes. Y te alejas, con un leve contoneo de caderas. Estás de espaldas, sintiendo que él te mira, intentando no reírte a carcajadas, con la satisfacción del que se sabe ganador. Porque si se te ocurriese chascar los dedos ahora, en vez de acabar todo recto y a la derecha, se metería directo en tu cuarto. Que algunas cosas ya hemos aprendido.

Así que no te sorprende cuando, después de la visita habitual al amigo, de la partidita a la play, la crítica friki de los nuevos comics recién comprados, la larga discusión sobre él último cd de fulano y mengano, dé un par de toques en el marco de tu puerta.

Te giras sin prisa. Apartando los cascos.

Te anticipas.

¿Un café?

Pues claro.

(soIcanseemybabywhenIleeeave.... enfin)