miércoles, noviembre 07, 2007

Mira por dónde...

Me llegan amortiguados los llantos desmayados de mi madre, la sobriedad inerte de mi padre al recibir los pésames rezagados. Curioso que en esta situación me salgan sinestesias tan manidas. Oigo el murmullo de los que parlotean incesantes, soltando muchos suspiros. Estoy harta de imaginármelos a todos de negro, cuchicheando en la habitación contigua a la que yo ocupo. La curiosidad corroe hasta el último milímetro de mi alma despierta. Me han dicho que no es propio de un cadáver aferrarse a la vida con semejante desespero, y más aún si lo que lo mueve es el morbo de saber, de conocer verdades que le fueron ocultas cuando todavía no se pudría en un féretro acolchadito de tacto aterciopelado. Los que están, los que lloran, los que se apenan, los que se han quedado fuera porque no soportan el tétrico ambiente, los que no pudieron estar y querrían, los que encontraron una excusa perfecta para no asistir, los que se aprovechan atraídos por la comida a cuenta de mis progenitores y brindan por la muerta haciendo alarde de su vulgar desfachatez, los que me echarán de menos, los que no lo harán, los que me querían y a los que les importaba una higa.
Clasificados todos.
Uno a uno.
Quién es quién.
Cuál es cuál.
De repente la oportunidad de poder descubrir lo que realmente opina la gente. Analizar expresiones, reacciones y gestos y reubicarlos en tu lista de personas por las que decir alguna que otra palabrita de favor al Altísimo, sea cual sea ese Altísimo y sus centímetros de más, para que les otorgue el don de darse de bruces con la absurda felicidad que todos, en este balanceo mundano, deseamos. Se podría decir, no obstante, que un fiambre debería estar por encima de todo eso. En otro plano o dimensión, donde los pequeños enredos emocionales ya no desgarren como solían hacerlo. Para qué preocuparnos si ya nada tiene que ver con nosotros. Para qué, si el único plato frío a servir eres tú, y no la venganza. Pero es posible, que sea éste empecinamiento, la última chispa de egoísmo humano por descubrir, por deshilachar las conductas y los sentimientos de los que, para bien o para mal, nos rodearon cuando todavía andábamos vivitos y coleando, lo que nos defina como lo que fuimos antes de dejar de serlo para siempre.
Y qué mente, sensible y retorcida como la mía, no se dejaría atrapar por la tentación.

Empieza el desfile de caras que se asoman para echarme una ojeada antes de que se cierre la tapa con el incómodo ruidito de lo que nunca más se volverá a abrir. Estoy bonita, bien vestidita y como durmiendo. El de la funeraria ha conseguido que mis mejillas tengan un algo de arreboladas más que saludable, y mis labios brillan, luciendo un tono de rouge que ya me hubiese gustado tener en vida. Mis padres, primero. Mi hermano después. De éstos nada hay que decir. Porque el amor que de ellos emana es incondicional, dulce y perdurable. "La familia es la familia", como diría Don Vito. Y el amor, no es más que amor. Y de sus ojos recibo oleadas del sufrimiento por la pérdida. Me arrastran con sus lágrimas hasta la desesperación que provoca la impotencia. Sé que no habrá alivio para ellos en lo que les queda de vida y me dicen que las resurrecciones a lo Lázaro-camina-y-anda se agotaron siglos atrás. Ningún padre debería enterrar a sus hijos. Y es tristísimo, pero no puedo hacer nada por evitarles el dolor, excepto esperar a que el tiempo amortigüe la fuerza del recuerdo.
Llegan ahora tres amigos. Cataloguémosles de íntimos. Han entrado juntos, pese a no conocerse de nada, como para darse ánimos los unos a los otros. Ella, que es de toda la vida, como de siempre, me mira con los ojos arrasados, grandes, enormes y desconsolados. Está claro que todavía no se lo cree. Lleva el día entero metida en un bus horroroso con parada en todos los pueblos perdidos de la geografía española. Ocho horas de viaje, con la maleta todavía en la mano, cansada de arrastrarla, para encontrarme metida en una caja, muy glamourosa, pero en una jodida caja negra. Y no quiere creérselo, no puede creérselo. Ahora lamenta haber dejado que las distancias le dieran pereza, la eterna frase, de cantos gastados por tanto usarla, "si ella no me llama, yo tampoco", que soltó cada vez que le preguntaban por mí. La abruman los recuerdos. Se acuerda sobre todo, de las cartas, las promesas de los trece años, los juegos inocentes, las charlas eternas sobre el futuro, las carcajadas que sólo comparten los que han crecido juntos. De los "siempre seremos amigas", que al fin y al cabo, y aunque ahora no la consuelen demasiado, se han cumplido tal y como esperábamos. Se aparta rápida, y yo la abrazo antes de que lo haga, fundiéndome con su silencio tan cargado de cosas que yo siempre supuse. Que ahora ya sé.
Aparece un otro llenando el vacío del primero, y con él, se me diluye el sonido del traqueteo de la maleta alejándose. Es un rostro un poco verdoso. El dueño lo está pasando mal. No llora, pero no le gusta lo que está viendo y se le revuelve el estómago. Nada tiene que ver con la chica que escribía raro con su mano zurda, con las discusiones intelectuales, con los sudokus a medias en las clases demasiado aburridas, los apuntes fotocopiados. Tampoco con las cañas, las sonrisas, los paseos nocturnos, los bailes, los museos, los cines, los teatros. Con la música. Con los libros. Con los bares. Con los abrigos bolcheviques y los días de lluvia. Con los poemas. Con la emoción. No concibe no poder llamarme para quedar y echar un billar. Se le hace extraño tener que borrar mi número de la agenda del móvil y mi email de su lista de contactos. Está, en dos palabras, completamente trastornado. Tiene unas ganas locas de salir de la habitación y largarse al bar de la esquina a emborracharse con los otros. Beber en silencio le ayudará un poco y hará que su mareo tenga un poco más de sentido. Levantará su copa, cagándose en esa grandísima hija de la gran puta que es la casualidad y que ha hecho que los retazos dibujados a lápiz de miles de experiencias para vivir conmigo se hagan trizas con cada trago.
La otra lleva una rosa entre sus manos. Me regala desde arriba una sonrisa llena de melancolía. Lo siente, por supuesto, pero a su manera. Los errores unen, a veces, y el nuestro fue lo suficientemente grande como para acabar así, tan compenetradas. La ironía y el cariño hizo el resto. Como ahora, que sonríe, dispuesta a despedirse alegre, para que la retrate otra vez profunda y sincera. Murmura algo, que los demás no oyen, y yo repito como un eco mudo. La muerte puede ser una gran aventura. Me deja la flor, para que se marchite a mi lado.

Y se llevan todos ellos, lo mejor de mí.

Vienen ahora otros. Conocidos, gorrones, interesados, anónimos, parientes lejanos, parches pegados, curiosos, morbosos, criticones, compañeros de trabajo y clase. Bultos, bultos, bultos y más bultos. Los de credo firme. El muerto al hoyo y viva el bollo. También aparecerá algún que otro amante esporádico, que se escudará más tarde cabreándose porque nadie le avisó. Me observará desde la distancia, desajustándose el nudo de la corbata, sin pensar. Será más tarde, cuando llegue a casa, después de dejar el maletín en una silla y de sentarse en la cama para desatarse los zapatos cuando suelte, pensando en voz alta: “Joder, y ahora a quién me voy a follar yo”, para acto seguido, dejar de hacerse el asustado y aprovechar la congoja momentánea para llamar a cualquier otra de su lista negra, que le acepte y le quiera un poco, al menos por esta noche. Cualquiera se sentiría terriblemente ofendida por esta conducta tan de Don Juanes trasnochados. Pero yo no puedo ser tan dura con ellos. Sé como funcionan estas cosas, todos lo sabemos. Lo rápido que olvidan los atracadores de almas. Y lo lento que encaja uno los golpes bajos. Y yo, a estas alturas, ya no tengo ni ganas, ni fuerzas, ni tiempo para andarme con chiquitas. Que sean otras, más listas, más osadas, menos sentimentales y, en definitiva, con más ovarios, las que se encarguen de hacerles la vida imposible.
Pierdo el interés. No hay espacio para tanto trasto usado en mi capilla ardiente particular. Pero como siempre he sido muy educada, les doy las gracias por las flores antes de mandarlos a todos al carajo. Gracias por las flores, chicos. La próxima vez elegidlas menos tétricas, si cabe.
Y para entonces, la amable sorpresa. A los que no esperaba. El que me amó, y nunca me lo dijo. La que me quería pese a las peleas continuas. Quien desearía sentir mi tacto cálido una vez más, cruzarse conmigo, despertarse a mi lado. A los que les gustaría haber conservado mi sonrisa, porque ellos sí que notarán su ausencia. Gente importante que vislumbro tarde, cuando ya apenas queda tiempo para dedicarle a cada uno el más leve gesto de arrepentimiento. Maldita manía, de pasar por la vida sin percatarnos de nada.

Se acaba el desfile. Me anuncian que deje ya de curiosear y me largue de una vez. Que no anda el horno para bollos por ahí arriba. Pregunto, un tanto avergonzada, si me permiten desaparecer a lo grande, con canción de fondo y luces de colores, pero me tildan de caprichosa y me dicen que ya está bien por hoy. Así que apago y me voy sin armar alboroto.

Nos vemos. O no.