sábado, noviembre 24, 2007

No hay razones

Pero la única chica que todavía llevaba el abrigo puesto en todo el bar, se topó con su reflejo, en el espejo de la puerta, allá a lo lejos. Se vio pequeña, distante, con el cuello de su abrigo negro levantado. Y aquellos ojos la observaron, devolviéndole su mirada verde, triste y sincera. Lárgate ya, le decían, lárgate.

Volvió a casa andando. Llorando a cada paso, anestesiada de frío.
Le preguntaron por qué era, qué le había ocurrido.
Nada le había pasado. No había respuestas ni razones.
Sólo aquella infinita tristeza verde y sincera.