martes, noviembre 06, 2007

We love Mommy Walsh

PREGUNTA. Querida mamá Walsh, me hallo ante un dilema. Mi novio me ha comprado un uniforme de enfermera y quiere que me lo ponga cuando hacemos el amor. Yo lo quiero, pero la idea no me hace demasiada gracia, sobre todo porque no se trata de un uniforme de enfermera corto y provocativo, como los que venden en Ann Summers o en sitios parecidos, sino de un uniforme de verdad que compró en Oxfam. ¿Qué debo hacer?


Aileen, Cambridge



RESPUESTA. No volver a escribirme, jovencita, he ahí lo que debes hacer. Esta columna no es un consultorio sexológico. Yo ofrezco consejos sensatos sobre asuntos del corazón. No me interesa en absoluto la vida sexual de la gente y, por consiguiente, doy por terminada nuestra correspondencia. ¿Y qué tienen los hombre con las enfermeras? Es evidente que tu novia nunca ha estado hospitalizado o de lo contrario no vería nada sexy en las enfermeras. Las enfermeras son mujeres despiadadas que te ponen un humillante camisón de papel azul cubierto por detrás para que todo el mundo te vea el culo. Y dicen cosas como “¿Cómo estamos hoy?” cuando estás solo en la cama, y te obligan a hacer pipí en un recipiente metálico cuando eres perfectamente capaz de caminar hasta el lavabo. Aunque lo peor no es que los hombres quieran acostarse con las enfermeras. Creo que hay hombres a los que pone “cachondos” gatear con pañales por el suelo, tirando cosas, mientras les dan puré de zanahoria y se comportan como un bebé. Ellos no necesitan recipientes metálicos.
Y hay gente (en Estados Unidos, claro, que está lleno de viciosillos) que se viste –agárrate- de conejo, de oso e incluso de gallina, vaya, uno de esos disfraces que un adulto se pondría para repartir por la calle folletos de un nuevo restaurante de comida rápida. Hay “clubes” para estas personas, y se reúnen con sus disfraces de peluche y, por razones que no alcanzo a comprender, eso los pone a cien.
Lo último que se lleva, me han contado, es “perrear”. ¿Sabes qué es eso? Yo pensaba que era hacerlo en la postura del perro, postura de la que, naturalmente, he oído hablar porque soy una mujer de mundo, pero nunca he probado. Luego pensé que se refería a practicar el sexo con perros, una idea pecaminosa, pero, por lo visto, es algo muy diferente. Consiste en un montón de gente que se va a un parque o a un bosque por la noche y “tiene sexo” con desconocidos. Hay personas que “tienen sexo” en el coche y dejan la luz encendida para que otras personas puedan verlas desde fuera y “darse placer”, pero yo no veo qué relación tiene todo eso con los perros. Oí hablar por primera vez de esa práctica cuando mi hija Helen me dijo que se iba a “perrear” y, aunque eran las doce y cuarto de la noche, yo pensé que se iba al canódromo a intentar ganarse unas perras, porque estaba sin blanca. Pero cuando me explicó qué era eso de “perrear”, al principio pensé que se lo estaba inventando, porque lo hace mucho. Le gusta tomarle el pelo a su madre. Pero luego me enseñó un artículo sobre el tema publicado en el Marie Claire del señor Walsh y allí salía, negro sobre blando, y ni siquiera Helen hubiera podido engañarme hasta ese punto. No podía creerlo. ¿No se enfriaba uno “dándose placer” por la noche, a la intemperie? ¿Y si tropezabas con tu dentista o con alguien del bridge?
Pero, como ya he dicho, no me interesa hablar del sexo vicioso. Además, tu novio me parece un roñoso. ¿Cuánto le costó el uniforme de enfermera de segunda mano que compró en Oxfam, comparado con un precioso uniforme de nailon de Ann Summers? Eso es lo que tendrías que plantearte, jovencita. A nadie le gustan los hombres a los que les cuesta rascarse el bolsillo. (A menos que sea de los que se lo rascan para darse gustito.)
Por favor, no vuelvas a escribirme.



PD. A menos que descubras el origen de la palabra “perrear”. Me gustaría saberlo