lunes, septiembre 22, 2008

Mr. Darcy

"- ¡Qué no se puede uno burlar del señor Darcy!- exclamó Elizabeth-. Pues es la suya una situación privilegiada y por mí puede seguir siéndolo, porque yo perdería mucho si fuese de otro modo. No hay cosa que más me guste que gastar bromas.
- La señorita Bingley me ha hecho demasiado favor- dijo Darcy-. El más prudente de los hombres y la más razonable de sus acciones pueden ser puestos en ridículo por quien sólo vive para hacer chistes.
- Hay gente así, desde luego- dijo Elizabeth-, pero yo no pertenezco a esa categoría. Jamás he ridiculizado lo razonable y lo bueno. Las locuras y las majaderías, las extravagancias y las incosecuencias me divierten, lo reconozco, y no pierdo ocasión de reír de ellas. Pero, precisamente, señor Darcy, usted carece de tales defectos.
- Nadie puede estar enteramente libre de ellos. Sin embargo, toda la preocupación de mi vida ha sido librarme de ciertas debilidades que ponen con frecuencia en ridículo a las más claras inteligencias.
- Por ejemplo, la vanidad y el orgullo.
- La vanidad es una de ellas, desde luego. En cuanto al orgullo..., donde existe una verdadera superioridad de inteligencia, el orgullo está siempre bien regulado.
Elizabeth se ladeó para disimular una sonrisa. La señorita Bingley exclamó:
- Supongo que ha terminado de examinar al señor Darcy.¿Qué consecuencias ha sacado?
- Ha sacado la consecuencia de que es un hombre sin defectos. Él mismo lo ha confesado sin andarse con rodeos.
- ¡De ninguna manera!- contestó el aludido-. Yo no he manifestado pretensión semejante. Tengo muchos defectos, pero creo que no afectan a mi buen juicio. De mi temperamento, preferiría no hablar. Me imagino que es poco flexible..., muy poco, desde luego, para lo que les convendría a los demás. Tardo en olvidar más de lo debido las locuras y vicios de los otros y las ofensas que me hacen. No se consigue hacerme cambiar fácilmente de sentimientos. Tal vez me llamen rencoroso. Quien pierde mi aprecio, lo pierde para siempre.
- ¡Pues es un gran fallo!- dijo Elizabeth-. El rencor que no se pasa es una sobra en el carácter. En fin, que usted ha sabido elegir muy bien su defecto. No excita mi ridsa. No soy un peligro para usted.
- En toas las naturalezas existe la tendencia hacia un vicio u otro, y ni la educación misma es capaz de dominarla.
- La naturaleza de usted tiene cierta propensión para aborrecer a los demás.
- La de usted- contestó él con una sonrisa-, para complacerse en no entenderlos.
- Hagamos un poco de música- exclamó la señorita Bingley, fatigada de un diálogo en el que no intervenía-. Louisa, ¿no te importa que desvele al señor Hurst?
Su hermana no vio inconveniente alguno y se abrió el piano y Darcy, después de unos instantes de ensimismamiento, no lo lamentó. Comenzaba a sentir lo peligroso que resultaba prestar demasiada atención a ELizabeth."


J.A.