domingo, mayo 31, 2009

Honestidad

Quando sei qui con me
questa stanza non ha piu pareti
ma alberi
alberi infiniti
quando tu sei vicino a me
questo soffitto viola,
no non esiste piuio vedo
il cielo sopra noi
che restiamo qui abbandonati
come se non ci fosse piu niente
piu niente al mondo
suona un’armonica
mi sembra un organo
che vibra per te e per me
su nell’immensita del cielo
per te e per me nel cielo
suona un’armonica
mi sembra un organo
che vibra per te e per me
su nell’immensita del cielo
per te e per me nel cielo




Si bien sabía que los deslices ya no eran sinónimos de aquel dolor punzante y afilado como la hoja de una navaja suiza, provocaban todavía cierta frustración. El sentimiento era sutil, como difuso, entremezclado con el sabor del tabaco y el olor a maquillaje caro.

Ya no la amedrentaban, ni la hacían temblar.
Se asemejaban más bien a unas agujetas, incómodas después de haberse esforzado demasiado en la carrera. Resentida al andar, sosteníase en el vórtice de sus tacones de aguja.
Los deslices la reafirmaban en su certeza de que ella merecía más. No esperaba fuegos artificiales, porque se le había pasado la edad de creer en los cuentos de hadas, pero era esta pérdida de la ingenuidad la que le permitía comprenderse mejor. Buscaba, sin duda, algo mucho más maravilloso que todos aquellos encuentros fallidos. Algo más profundo, comprensible y sincero. Algo, en definitiva, que la convirtiese en un rubato infinito y real. Ansiaba la combinación perfecta, el vibrato final que la despojase de toda coraza impuesta por el desencanto y la traición.

Y mientras tantos, los deslices. Fríos, inconexos, sumergiéndola en un sinsentido de copas y besos. Descubría, siempre demasiado tarde, que nada de esto le hacía falta para seguir adelante. Y de ahí su frustración vívida.

Mirando el cielo nublado de su habitación, sola y adormilada, decidía que valía la pena esperar.