jueves, junio 04, 2009

El pony, el atracón,un sms y un email-relato para Roci

Duras son las mañanas.

En el metro cuando la gente mira al de enfrente, o a sus zapatos, o al suelo, o su reflejo en los cristales, justo cuando se pasa por un tunel obscuro. Se bosteza sin disimular. Se aferran las manos contra la pared, para no precipitarse encima de algun cuerpo ajeno a causa de la inercia.

Se despierta el olfato antes que el resto de los sentidos. Colonia, jabón, champú de frutas. Alguien que no sabe ni por asomo lo que la palabra higiene significa, se desploma en el asiento más próximo. Se abren las puertas, se cierran. Marabunta humana, y gente renovada en cada estación. Casi reciclada, porque siguen siendo extraños conocidos.

Ojos cerrados. Música distorsionada escurriéndose de unos auriculares. Pequeños y blancos. Un libro. Dos libros. Tres libros. Bestsellers poco interesantes. Casi tan poco interesantes como sus ávidos lectores. En un rincón, Chéjov. Interesante, como poco.

El silencio adormece a los que han conseguido sentarse. Nadie habla. A las palabras no les gusta madrugar. Prefieren permanecer juntas e impresas, en íntima comunión, disfrutando del roce suave de la mano que pasa las páginas. Las páginas de Chéjov, que las de los bestsellers, vendieron su alma muchas paradas atrás.

Una falda que se ha subido. Unos dedos que la bajan, rápidos. Dos que ayer fueron uno y que hoy vuelven a ser dos, se despiden con un beso desganado y suave. Una corbata perfecta, atada con un nudo simple, traje oscuro y ojeras a juego, testigos mudos de insomnios justificados.

Soledad al final de la línea. Últimas paradas a solas, como antes, pero de otro modo. Y, como siguiendo órdenes programadas, se produce el abandono del bajel subterráneo, y otra vez la marabunta. Una última mirada al del rincón, al que lee Chéjov, que ha dejado de hacerlo y espera a que se abran las puertas. Aprieta el libro contra un costado, y en su rostro impasible, de robot, se atisba una sombra de profundos sentimientos. De profundos y hermosos pensamientos que, compartidos, podrían dar sentido a otra mañana de trabajo.

Pero se pierde el instante.

Se vuelve de nuevo a la luz del sol. Se pasan los tornos, el ascensor, los buenos días, la pantalla del ordenador. Se teclea rápido, rumbo a casa. El café cumple su función, y el resto, la suya. Mejor, peor, con eficiencia, sin ella. Se olvida, que las mañanas son duras, pensando ya en lo que queda de día. Rendidos.